Hoy me he inventado un cuento entero

A Inés le encantaban la manos de Juan. Eran nuevas, y de tan nuevas que eran le parecían enormes, abarcaba con ellas todo su cuerpo de una caricia. No conocía sus giros ni sus pausas. Nunca había sentido el delirio de esas uñas incándose en su piel. Y Juan era todo lo que Inés había estado buscando, así que decidió emprender el duro camino de la monogamía junto a él. Lo conoció en Brasil, se fueron juntos a vivir a Francia.
Pasaron los años y las manos de Juan se fueron haciendo pequeñas. Como los viejecitos, que van encorbándose poco a poco con el tiempo. Esas manos eran aún capaces de hacerle estremecer ocasionalmente con un roce pero totalmente predecibles. Habían adoptado un tamaño normal a la media y no había ni un milímetro del cuerpo de Inés que no hubiesen recorrido. Por aquí ya han pasado, por aquí también...
Al alcanzar la cuarentena Inés y Juan seguían compartiendo sus vidas. Las manos de Juan eran ya diminutas. Inés casi no podía verlas de lo que se habían encogido. Casi prefería que no le tocase para no tener que disimular la desilusión que sentía cuando lo hacía. Podía haber corrido a buscar unas manos jóvenes, fuertes y suaves, unas manos gigantes. Pero aún le amaba.
Finalmente, las manos de Juan desaparecieron. Simplemente, ya no estaban. Inés recordaba esas manos enormes que un día conoció y fantaseaba con que algún día, el día menos pensado, las volviese a sentir. No quería morir sin notar por última vez esas manos, pero en el fondo, en lo más profundo de su ser, sabía que iba a ser así.

11 comentarios:

  1. Muchas Gracias!! Precioso ;)
    El truco de la monogamia es, ya que no puedes cambiar los actores, ¡cambia el guion y el escenario todo lo que puedas! (Cada mañana me mirare si se estan reduciendo mis manos)

    ResponderEliminar
  2. Mmmmmm me parece que ya te lo había dicho pero... ¿te kieres casar conmigo Robert? >_<
    estoy dispuesta a ser la segunda esposa!

    ResponderEliminar
  3. Meriiiiiiiiiiiii... te tengo que dejar el libro de cuentos cortos, hay uno en concreto que creo que te encantará :)

    ResponderEliminar
  4. Que li passa a les meves mans? Abans, allà al Brasil, nomes era amanyagar-la i era com polsà un interruptor, se li desfermava la passió; tot i què es queixava de les durícies que hi tenia per la feina al camp, que deia que li rascaven.
    Ella va dir que estaríem millor a França, on hi avien mes oportunitats, i tenia raó, aquí naixeren i creixeren les nenes, amb el temps vaig accedir a una plaça de funcionari, les durícies han desaparegut, tenim estabilitat, les nenes ja son grans...
    Que li passa a les meves mans...

    ResponderEliminar
  5. Oh! Robert!! m'encantaaaaaa!!!!! *.*

    ResponderEliminar
  6. ara et torna a tocar a tu!

    ResponderEliminar
  7. Juan, lávate las manos -si es que aún puedes verlas- y vamos a jugar al salón. Que las niñas no están y tenemos tiempo para inventarnos un reino. Podemos imaginar que estamos en China y que las duricias vuelven a rascar mi piel. Juan, perdóname si me vuelvo egoista y busco desesperdamente tus yemas en medio de este fantasía.

    *uffff!!! no se robert, me lo has puesto muuuuy difícil! ji ji ji

    ResponderEliminar
  8. Yo no sé que le ha ocurrido hoy a Inés, mira que aprovechar que no estaban las niñas para "jugar" en el salón, ¡sorprendida se ha quedado de todas las posturas que hemos practicado! (Todo mi afán era que no quedara panza arriba en la alfombra y viera las tres revistas pornos que hace casi veinte años que atesoro y que tengo escondidas enganchadas bajo la mesita del salón...)

    ResponderEliminar