viernes, 4 de junio de 2010

Durmiendo con un mandril punk

A él le latía fuerte el corazón. Tanto, que ella podía notarlo en las yemas de sus dedos cuando él los dejaba descansar en su barriga. A ella le asqueaba sentir esas yemas latir, en general, le asqueaba notar cualquier latido, ajeno o propio. Por eso, esperaba ansiosa a que se volviesen a mover esos dedos. Se pasaron la noche magreándose el uno al otro, entre breves cabezadas que duraban apenas diez minutos. En seguida volvían a desvelarse, deseando notar el cuerpo del otro. Y en eso se quedó todo, en una calienturenta noche de roces y caricias entre el mundo de lo onírico y el de lo real. ¿Relamente había metido él la mano dentro de sus pantalones? ¿Se había atrevido ella finalmente a metarle un lametazo al pendiente de su pezón?
Nunca había tenido un amigo mono, así que prefirió no ir más lejos. Pues no sabía si los mandriles también huyen despavoridos después del sexo, pero pensó, siendo primates como los humanos, mejor no arriesgar.

Dedicado a Kiko Amat, a quien tanto le gusta leer sobre sueños y sobre sexo... XD

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